12 de diciembre

Hace 24 años, en un pueblo (no tan pueblo) de la costa vasca, nacía una chica un tanto extraña. Se emocionaba con poco y sentía mucho. Dejaba la primeras veces en manos de su inocencia y se entregaba con fervor a su curiosidad.

Aquella chica fue creciendo y entre sus primeros pasos, y los primeros besos, se chocó con una inmensa oscuridad. Un día, en el patio del colegio, una niña se metía con ella por vete a saber qué y está vez, en vez de esconderse a un lado, levantó su corazón con fuerza y rugió ante la injusticia. Ese día, ni uno más, ni uno menos, aprendió el valor del coraje y se aferró por completo al amor por las causas perdidas.

El tiempo fue pasando y ahora que lo recuerda como si observará a una antigua caja de música, pensó en los días malos y las malas noticias, en la rebeldía en cada acto de su vida, el no encontrarse, el perderse, las ganas locas de huir “aunque no le quedasen islas donde naufragar”. Aquella época donde costaba ver una esquina con luz nunca fue fría, porque esa chica, esa niña, sabía que aunque el mundo se derrumbará, las personas que nos quieren nunca se van. Más allá de la muerte, más allá de los problemas que parecen no tener solución, siempre estará el calor de los que nos acompañan, no siempre en cuerpo presente, pero sí en nuestro interior.

Los años pasaban y se mudó de ciudad. Atravesando un verano incierto, llegó a la capital con la maleta repleta de miedo y ganas, con la cabeza llena de sueños y el corazón abierto de par en par. Si mira atrás, no puede evitar sonreír o llorar o todo a la vez, porque sabe con total certeza que ahí comenzaban los años más felices de toda su vida. Puede que no se acuerde de la mitad por las borracheras que se pillaba, puede que no todos los rostros que empezaron esa aventura, sigan a su lado, pero lo que tiene claro es que sin todos ellos, sin todas esas noches, sin todos esos días, nunca sería la persona que es ahora.

Esa chica, cuyo único miedo es no tenerlo, es feliz. Y a pesar de que el dolor haya empañado algunos recuerdos, aprendió que las cosas no siempre irán en la dirección que elegimos, pero ese camino estropeado, peligroso y jodido es el único que nos hará vivir intensamente. ¿Y qué hay mejor vida que esa?

Por cierto, aquella chica…soy yo.

Free falling, perro

Ahí estábamos. En un encuentro sutil con la muerte. Respirando fuerte. Apretando el alma para que no estallara porque sabíamos, realmente, que nada volvería a ser como antes tras lanzarnos a aquella incertidumbre que es vivir plenamente. Una colosal montaña rusa atravesaba nuestras pupilas, la frente podía reflejar la ferocidad del momento y nosotros, como solo una persona podría ser, nos dejamos caer a la locura, a la verdad tan pura que nos dimos cuenta de que era la más simple. Dejarse caer. Volar alto. Abandonar los complejos. Romper con el cuento. Cambiar el final.

Mi mejor amiga

Cuando crecemos, vamos aprendiendo y entendiendo muchas cosas. Las palabras de tus padres ya no suenan tan carrasposas, quedar más tarde las cuatro y media no es un delito y joder, ¿cuánta pasta nos dejamos en comida? Pero, a parte de eso, aprendemos como personas y de ellas. De los huecos que dejan algunas para que entren nuevas y de todas las formas; del vacío, en cambio, que otras nos provocan y nunca sabemos cómo volverlo a tapar, y luego, un poco al fondo a la izquierda, están las personas como ella. Mi amiga.

Ella es de la clase de las que nunca sabes cómo empezó todo, ni que carajo os une, pero lleva contigo aprendiendo (y saliendo) toda la vida. Que no es mucho, pero es un rato. Es un mundo andante, una maniática empedernida y la persona que más preguntas, y soy periodista, te puede hacer en un día. Pero ella siempre estará ahí para la gente que quiere, nunca te fallará y sacará las garras si hace falta para verte feliz. Cuando crecemos, vamos aprendiendo, pero, sobre todas las cosas, entendemos que nunca podremos ser nosotros sin ciertas personas, que Melendi ya no mola y que no hay Isa sin Maca.

A ti

Me gusta cuando eres así. De verdad. Cuando muestras todo tu corazón al mundo, sin artificios, ni conservantes.

Me gusta que sientas tanto, que seas como yo, y creas que el mejor amor es aquel que te desgarra el alma, aquel que aparece en todas las películas que nos vendieron como ficción porque aunque el mundo se niegue a creer en él, sabemos que está ahí, en algún lugar entre nosotros y todo el miedo que nos acompaña.

Es algo extraño, pero creo que te conozco desde hace mucho antes, como si hubiéramos coincidió en algún momento, puede que un día en Sopelana cuando la única preocupación era coger cangrejos y hacerte un nuevo amigo en la orilla. No tienes sabor a nuevo. Y desde que nos chocamos otra vez, en aquellas escaleras, no has parado de tambalear mi mundo. A veces te odio por complicarlo todo, por convertirte en un “y si…”, en un “quizás”.

Pero me gusta demasiado como te quedan las camisetas blancas, como la cagas cuando te pones nervioso, las arrugas de tus ojos cuando te ríes, tus abrazos que piden a gritos algo más. Y aquí estás. En un mal momento, intentando entrar donde no hay hueco. Aunque me muera de ganas, me muero de miedo.

Como empuñaba el grito de no quedarnos con las dudas, de arriesgarnos aunque sepamos que vamos a perder (porque lo haré) y ahora que tengo la opción, la elección, las ganas, me falta el impulso, pero también…me faltas tú.

No es fácil

Volver a empezar. Qué fácil suena. Pero siempre que nos dejamos llevar por los sentidos, acabamos perdiendo. Puede que una parte de nosotros, puede que algo de esperanza, de todas maneras, no es fácil. Lo sencillo es vivir en el pasado, no avanzar o no dejar avanzar, y seguir presa de algún sentimiento que crees veraz e incandescente, pero en el fondo, solo nos atrapamos a la costumbre de sentirlo y no a la esencia misma que lo acompaña. No es fácil darte por vencido. Y no creo que la solución sea hacerlo, simplemente, hay que dejarlo marchar para poder seguir caminando.

No sabemos cuántas cosas nos estamos perdiendo por mirar en la dirección equivocada, realmente, el mundo conspira constantemente para sorprendernos, pero somos tan cínicos que preferimos achacarlo a la mala suerte en vez de ser nosotros mismos los dueños de nuestra vida, pero claro, no es fácil.

Ahora bien, cuando al fin vuelvas a mirar al frente, fíjate en lo que estuvo ahí mientras nosotros nos cegábamos con el pasado y puede que sea tarde, y también haya decidido irse. Y ahora, llora y arrepiéntete de lo estúpido que fuiste, no servirá de nada y volverás a empezar, no tu maldito camino, sino ese círculo vicioso al que parece que amamos jugar. Solo queda encontrar una salida para volver a empezar y soltar el lastre para alzar tu vuelo.

Pero nunca es fácil y cuando lo pienso, siempre recuerdo que los “nunca” no se cumplen y doy gracias porque no sabéis cuántas cosas maravillosas prometimos no hacer, cuantas cosas nos ataron a esa palabra que en el fondo no quisimos que se cumpla. Y reconozcámoslo, es difícil, jodidamente difícil, pero si te pones a pensar, todo lo que realmente nos llena lo es.

Canciones

Lo escribí hace cuatros años una tarde jodida, digo lluviosa de otoño.

A veces escribo canciones en la cabeza, canciones que podrían hablar de mi vida o de la vida que sueño. Quizá lo más fácil es cantar y lo difícil es componerlas. Y aquí estoy yo, sin parar de componer, con el único don de una pluma y un papel. Maldita dicha la mía que me impide ser más banal, que me impide dejar de pensar, que me impide no sentir, tanto. 

A veces miro arriba, pero ni siquiera al cielo, más allá. Miro donde no veo, miro tan arriba que me dejó el cuello. No busco nada o quizá todo, pero, al final, siempre acabo cegándome. Y todo se queda a oscuras. Ni un rastro de estrellas, ni un rastro de mí. Al final cuando buscas tan alto, acabas perdiéndote y llegas a un punto que no sabes volver atrás, que ni siquiera recuerdas cómo eras, lo que sentías, tus más audaces valores quedan atrapados en algún momento, en algún lugar entre la tierra y todo lo que sea el cielo.

Ya no es miedo. Un revuelto de mezcal y tristeza. ¿Algún día me volveré a encontrar? Quizá ni siquiera me reconozca, quizá ni siquiera sepa quién es esa persona. Y me miento cada día, creyendo que estoy a tiempo, que todavía es pronto, que no todo está perdido.

Igual no lo está, pero nunca lo sabré hasta que suelte el lastre, despegue mis alas y vuelva a volar. Ahí arriba, donde nadie pueda alcanzarme, donde el sol no cese de brillar.

La historia que no te contaron de David y Goliat

Dicen que el más débil puede vencer al grande. Las epopeyas griegas, los cantares de gesta o las parábolas cristianas han recogido durante miles de años las grandes batallas donde los pequeños héroes vencieron a los poderosos villanos, incluso, Don Quijote pudo con gigantescos molinos. Lo que no te cuentan son las victorias de los “Goliats”, los fuertes que intentan imponer su verdad, su propia justicia, a pesar de que la inmensa mayoría de la sociedad lo castigue. Este es el caso de Jamal Khasogghi y Arabia Saudí o de cómo la libertad de prensa se silenció a punta de pistola.

El 2 de octubre de 2018 el mundo se despertaba con la muerte anunciada del periodista saudí, y columnista del Washington Post, Jamal Khashoggi, quien había acudido al consulado de su país en Estambul para recoger una documentación y poder casarse con su pareja, la cual esperaba a las puertas del edifico. Jamal nunca apareció. Días después del suceso, el gobierno turco filtró unas grabaciones que recogieron los micrófonos que la inteligencia turca tenía instalados en el consulado, en ellas, se escuchaba los últimos minutos de vida de Khashoggi, donde fue interrogado y torturado antes de acabar con su vida y descuartizar su cuerpo para sacarlo del edificio sin levantar sospechas.

La sociedad internacional condenó el asesinato, pero los intereses que comparte con naciones como Estados Unidos, quién no olvida las importantes reservas petrolíferas sauditas, permitieron que Donal Trump, Jared Kushner y otros miembros destacados de la Administración Trump mantuvieran vivos los lazos con los líderes sauditas. Este pasado junio, Trump organizó un desayuno con Mohamed Bin Salmán y, posteriormente, declaró lo siguiente en una rueda de prensa: “Quiero felicitarlo. Ha hecho un trabajo espectacular”- y añadió, “Arabia Saudí es un buen comprador de productos estadounidenses”.

Más allá de “lo buen comprador de productos estadounidenses”, Arabia Saudí es un país donde no existen medios de comunicación libres, donde cualquier periodista es vigilado con lupa para que no altere ni una pizca el orden establecido, y si no, siempre estará el caso de Jamal Khashoggi para recordarlo, ya que, a pesar de tener vínculos con la casa real (su abuelo fue médico personal del rey fundador del Estado monárquico saudí), era crítico al régimen desde la llegada al poder de Bin Salman en junio de 2017. Este ejercicio de su derecho a la libertad de expresión le había llevado a exiliarse a Estados Unidos y a convertirse en el foco de acoso de campañas online, donde cuentas conocidas como trolls (identidades anónimas bajo nombres falsos), emplean su tiempo a desprestigiar a los críticos del reinado del príncipe heredero. Todos estos ataques venían dirigidos de muy arriba, concretamente de la mano derecha de Bin Salman, Saud al Qahtani.

El asesinato al periodista Jamal Khashoggi no solo ha supuesto una crueldad a sangre fía incuestionable, si no que ha afianzado la política represiva de Arabia Saudí con príncipes exiliados, secuestrados y repatriados, como Jaled Bin Farhan Al Saud, que halló su refugio en Alemania.

La represión a los medios de comunicación, y a los periodistas, se ha intensificado desde el nombramiento de Bin Salman con 28 periodistas encarcelados actualmente, según indica el barómetro de las violaciones de la libertad de prensa de Reporteros Sin Fronteras. La mayoría de sus detenciones son de forma arbitraria, pero la ley ampara todas estas violaciones según el Derecho Internacional. En el Código Penal saudí, así como en sus leyes contra el terrorismo y las cibercriminalidad, se autoriza la encarcelación o suspensión a periodistas críticos o que escriban sobre disfunciones del sistema político. Todo ello queda justificado por “incitación al caos”, “poner en peligro la unidad nacional” y “ataque a la imagen y la reputación del rey y del Estado”. Una censura cien por cien legitimada.

Periodistas encarcelados en Arabia Saudí. Fuente: Reporteros Sin Fronteras.

Listado de los periodistas encarcelados en 2019 en Arabia Saudí. Fuente: Reporteros Sin Fronteras.

El problema de estas detenciones arbitrarias es que la mayoría de los periodistas e internautas encarcelados no conocen el delito que se les atribuye y todos pasan largos periodos de prisión preventiva a la espera de un juicio al que llegan poco preparados (al no conocer la acusación), donde se dan todo tipo de irregularidades y las sentencias judiciales son desproporcionales.

Por otro lado, hace siete años, el Ministerio del Interior prohibió las concentraciones públicas, incluidas las manifestaciones pacificas. Tampoco se ha creado ninguna organización independiente de derechos humanos, mientras que la ley de terrorismo sigue sin delimitarse, permitiendo la absoluta represión a los periodistas e internautas.

Otro de los casos más resonados contra la libertad de expresión en Arabia Saudí fue la condena que se impuso contra el bloguero Raif Badawi, que hace cinco años fue sentenciado a cumplir diez años de cárcel y a 1.000 latigazos por “insultar al islam”, según los fundamentos jurídicos de la sentencia. Además de los años de condena, no podrá abandonar el país en los diez años siguientes y deberá pagar una multa de 226.000 dólares. La sentencia sigue inapelable, mientras que los derechos humanos se mantienen entre las rejas de las cárceles sauditas.

Pero esta realidad no conoce fronteras. Según el último informe publicado por Reporteros Sin Fronteras, en lo que llevamos de año, 30 periodistas han sido asesinados, sin contar a 6 periodistas ciudadanos y otros 2 colaboradores muertos.  En cuanto a la cifra de encarcelados, 233 periodistas se encuentran en cárceles de todo el mundo, otros 141 periodistas ciudadanos están en la misma situación, junto a 17 colaboradores.

El país que mayor cifra de periodistas asesinados recoge es México, donde 12 periodistas han aparecido muertos en los que llevamos de año. Javier Pacheco Beltrán, redactor para el Sol de Acapulco, fue asesinado en la puerta de su casa el 25 de abril de 2016, pero como una premonición de su muerte dejó de legado el proyecto Democracy Fighter, donde se recogen los trabajos realizados por los periodistas asesinados en México. El proyecto ha comenzado a funcionar este año, un año manchado para el gremio periodístico, con 12 muertos y decenas de desaparecidos, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

El año pasado se vivió uno de los casos que más refleja la realidad del periodismo en el país mexicano, concretamente, en Quintana Roo, al sureste del país. La suerte no corrió de parte de tres periodistas que trabajan para el semanario Playa News. José Guadalupe Chan fue disparado en julio de 2018 en un bar, en vísperas de las elecciones presidenciales de 2018. Veinte días después le toco a Rubén Pat, director del periódico, tiroteado en un bar de Playa del Carmen. Francisco Romero intentó investigar el contexto del asesinato de Pat y le costó la vida. Esta vez en un aparcamiento de Playa del Carmen. Todos ellos perseguían destapar la corrupción política y policial. Quizás se debería recordar más alto que “no se mata la verdad, matando periodistas”. Quizás.

Esto son solo algunos fragmentos de la historia donde Goliat ganó a David. Donde el derecho a ejercer un periodismo libre se frenó de golpe por los gobiernos corrompidos e injustos que buscan el silencio de sus ciudadanos y guardar la verdad a puerta cerrada. Mientras la sociedad internacional siga mirando los intereses económicos y políticos y no lo derechos humanos, seguirán apareciendo “Khasshogis”, pero también titulares, proyectos y manifestaciones para reindivicar que David, a veces, también puede contra Goliat.

Será la lluvia

Qué tendrán los días grises que nos hacen mas profundos. Que nos retuercen las penas, a la vez que nos hacen firmar una tregua con nosotros mismos. Qué tendrán para que evoquen a los recuerdos que adormecen mudos y solo se asoman en estos días de suelo mojado y edredón caliente. 

Por qué será que pensamos en ser valientes o en por qué no lo fuimos, en que la luna tiene que afectarnos más de lo que cuentan, en que tu madre siempre tendrá razón y en leer ese libro pendiente enganchado al polvo de la estantería.

Qué sería de nosotros sin estos días. Sin pedir tiempo muerto a las faldas de verano, sin vivir la penitencia de pensar en la vida. Dias grises y corazón pausado. Dias de lluvia y cola-cao templado.

Estrellas y otros astros

Bajo las estrellas, el mundo parece mas pequeño y la libertad más inmensa. Bajo las estrellas, la eternidad se eleva, se difumina entre los problemas y despega como olas bajo el viento bravo.

Bajo los lejanos astros, cualquiera tiene derecho a soñar, cualquiera debería imaginar historias lejanas de reyes malvados y princesas con botellas de ron bajo el brazo.

Bajo estos faros, la tez de tu rostro parece más frágil, más pura, menos envenenada. La música resuena como cañones en mi pecho, aunque el silencio avaro te persiga, escucha más allá de esta alma abatida.

Bajo las estrellas, tú mirada levanta montañas y crea vida a su paso. No hay limites. Ni relativos, ni opacos.

Bajo este inmenso lucero, el camino parece menos peligroso, pero igual de arriesgado.

Bajo este manto, no hay más preguntas. Todo está claro.

Sabor a nostalgia

Sabor a nostalgia

¿Es posible que todo fuese mejor antes? Siempre miramos las épocas pasadas con deseo y melancolía como si nos hubiéramos perdido el postre, como si todo lo que vivamos ahora solo será una mala imitación de lo que un día fue. ¿Por qué? ¿Por que mirar atrás y no aferrarnos al presente? ¿Qué tiene de irónica la vida que nos hace desear lo que nunca alcanzaremos?

Quizá haya que tomarnos toda esta aventura menos en serio y reírnos con ella. Aunque duela. Aunque los ochenta molen más, Estados Unidos tenga un yo que sé y París en 1920 sea un fétiche. Todavía estamos a tiempo de ir a conciertos, bailar pegados y enamorarnos. De llevar campanas, ser elegantes y vivir en California. De escuchar a Sam Cooke, desnudarnos con Jagger y odiar las hombreras.

No sé si seremos millenials, generación Z, viejunos en cuerpos jóvenes, niños encerrados en cuerpos “viejos”, nostálgicos empedernidos o modernos de poca monta. Y qué importa. Solo tenemos el ahora, la certeza de que estamos vivos dura lo que tardas en pronunciarlo. Puedes vivir creyendo que no es el mejor momento, pero recuerda que no tenemos otro.

Así que, tú, que luchas cada día por resistir un día más en este mundo, deja de mirar atrás, aprecia lo que tienes y agárralo con fuerza. Algún día alguien escribirá sobre esta época con el mismo fervor que un día lo hicimos nosotros.